under the skin
Fotograma de "Under the Skin" (2014), de Jonathan Glazer

¿Quién está dentro de tu cuerpo?

por Wolfgang Gil Lugo

09/05/2018
“Debemos mantenernos en vela toda la noche, o podríamos despertar… cambiados”.
The Invasion of Body Snatchers, Don Siegel, 1956.

 

Según Freud, lo ‘‘siniestro’’ es lo familiar cuando se convierte en terrorífico. Para ilustrar esto, imagine una situación extrema. Un día despierta y descubre que sus seres más queridos han sido reemplazados por copias perfectas de sí mismos. Las copias son físicamente indistinguibles de las originales, pero son profundamente extrañas. Albergan mentes impasibles, indescifrables. O usted sufre de una psicosis severa o la situación puede constituir un hecho realmente escalofriante, como la que se describe en algunos clásicos de la ciencia ficción propios de los años cincuenta: la posesión extraterrestre. Este subgénero está tipificado por parásitos de otros planetas, invasores del espacio profundo, capaces de adoptar el aspecto humano.

En estas historias, la clave argumental no consiste en acentuar lo fantástico, sino en aumentar la tensión dramática, dado que los personajes nunca saben si lo que está frente a ellos es un ser humano o un alienígena. La dificultad de identificar al ser que esta frente a nosotros, hace colapsar al concepto mismo de humanismo.

¿Cuándo dejaste de ser tú?

Un ejemplo paradigmático es la cinta La invasión de los usurpadores de cuerpos (The Invasion of Body Snatchers, Don Siegel, 1956) basada en la novela homónima de Jack Finney. Se trata de una película de bajo presupuesto que, sin embargo, se ha convertido en todo un clásico de la ciencia ficción, con tres remakes: La invasión de los ultracuerpos, de Philip Kaufman, 1978, Secuestradores de cuerpos, de Abel Ferrara, 1993, e Invasión, de Oliver Hirschbiegel, 2007.

La película narra la historia del doctor Miles Bennell, un médico de provincias que regresa al pueblo de Santa Mira tras un congreso médico. Una noche recibe en su consultorio la visita de Becky, una exnovia de la escuela secundaria. Ella está preocupada por su prima, quien está convencida de que su padre ya no es su padre. Hay alguien viviendo en la casa que físicamente es igual a él, que se viste como él, que tiene los mismos recuerdos que tendría su padre, pero que no es el verdadero: es un impostor.

Resulta lógico que un único caso como este sea desestimado como una ocurrencia de locura. Pero más tarde otras personas presentan el mismo problema: la firme creencia de que algunos familiares, algunos amigos, algunos vecinos, ya no son los originales. Dicen ser los mismos, pero les falta algo, un brillo de humanidad en los ojos.

En mitad de una cena en un restaurante misteriosamente vacío, Bennell recibe la llamada de un amigo que, sin dar detalles, le pide que acuda a su casa. Al llegar, el amigo y su mujer le muestran un extraño cadáver: un cuerpo con la complexión de un adulto, pero sin rasgos definidos, ni tan siquiera huellas dactilares.

Con una tensión creciente, descubrimos que los habitantes del pequeño pueblo de Santa Mira están siendo sustituidos por réplicas que nacen en unos extraños capullos, unas misteriosas vainas venidas sin duda del espacio.

Estas personas, cuyas mentes han sido substituidas por las de parásitos extraterrestres, invitan a Bennell a participar de su utopía: un mundo sin guerras y sin enfermedades, al cual se puede acceder por el módico precio de renunciar a la libertad y a la voluntad.

Poshumano, demasiado poshumano

Kafka nos advierte: “Lo diabólico a veces asume el aspecto del bien o incluso se encarna completamente en su forma”. La frase nos ilumina sobre este subgénero de ciencia ficción. La posesión extraterrestre difiere del escenario de la guerra de los mundos. La diferencia es, a la vez, ideológica y narrativa. Desde el punto de vista ideológico, corresponde más con una mentalidad paranoica, conspirativa y propia de la Guerra Fría, que con la estética de la gesta del conflicto abierto. Recuérdese La guerra de los mundos de H. G. Wells.

Desde el punto de vista narrativo, este tipo de encuentro con lo extraterrestre dramatiza lo siniestro, la amenaza que acecha tras lo acostumbrado. En el sujeto infestado no hay signo externo por el cual se pueda diferenciar de los humanos. De hecho, la ausencia de tal signo es precisamente lo que alimenta el argumento de la sospecha, la paranoia y la revelación final.

Este ser radicalmente diferente evoca la idea de la poshumanidad. En las reflexiones antropológicas más recientes, se ha cuñado el concepto de lo poshumano, noción altamente especulativa que designa a un ser con unas capacidades que sobrepasarían de forma excepcional las posibilidades del hombre actual. Dicha superioridad sería tal, que eliminaría cualquier ambigüedad entre un humano y otro humano de nuevo tipo, completamente diferente y más perfecto.

En nuestro caso, un sujeto infestado de parásitos alienígenas es poshumano de la manera más literal: como lo que viene después de lo humano. Este “después”, en primer lugar, es cronológico, ya que la trama de infección forastera rastrea el proceso de asimilación. En segundo lugar, también es ontológico, pues se ha modificado la naturaleza misma de lo humano.

El humanismo imposible

De acuerdo a la interpretación posmoderna, la posesión extraterrestre es una metáfora del fracaso del humanismo, una ilustración perfecta de la crítica de Foucault a las quimeras de los nuevos humanismos:

“Por extraño que parezca, el hombre —cuyo conocimiento es considerado por los ingenuos como la más vieja búsqueda desde Sócrates— es indudablemente solo un desgarrón en el orden de las cosas; en todo caso una configuración trazada por la nueva disposición que ha tomado recientemente en el saber. De ahí nacen todas las quimeras de los nuevos humanismos, todas las facilidades de una ‘‘antropología’’, entendida como reflexión general, medio positiva, medio filosófica, sobre el hombre. Sin embargo, reconforta y tranquiliza el pensar que el hombre es solo una invención reciente, una figura que no tiene ni dos siglos, un simple pliegue en nuestro saber y que desaparecerá en cuanto éste encuentre una forma nueva” (Las palabras y las cosas, pp. 8-9).

Como puede observarse, la posición de Foucault es nominalista: “hombre” es una construcción puramente discursiva, un subproducto casi accidental de la estructura cognitiva de la Ilustración. El nuevo huésped del cuerpo convierte a la humanidad del antiguo huésped en una voz vacía, tal como decían los nominalistas medievales del concepto.

Hay que aclarar que el tópico de la posesión extraterrestre ofrece una imagen de la poshumanidad sin transformaciones tecnológicas. El sujeto infestado de parásitos alienígenas es un “simple pliegue en nuestro saber”, una mera configuración discursiva.

Considerado de esa manera, la posesión extraterrestre puede verse como una crítica provocadora del transhumanismo, doctrina futurista según la cual el poshumanismo se alcanzará por medio de la incorporación de la tecnología al ser humano. Ray Kurzweil, estrella de la escena transhumanista e ingeniero en jefe de Google —quien con su libro La era de las maquinas espirituales (1999) ha conmocionado al mundo científico con sus profecías—, está totalmente convencido de que nuestro futuro será convertimos en ciborgs, y al final estar dominados por “la inteligencia no-biológica”.

Es lo que Lyotard llama lo “inhumano” dentro de la humanidad: lo que habita, apuntala y socava la articulación de la subjetividad (Lo inhumano, 1988). Lo inhumano es el proceso que nos deshumaniza por medio de las fuerzas del progreso.

En la posesión extraterrestre, la transformación inhumana preserva el cuerpo pero rehace la mente. El sujeto poshumano resultante presenta una paradoja: es simultáneamente contiguo con la humanidad y, por lo tanto, habla con voz humana y, por otra parte, es radicalmente distinto. En consecuencia, su voz es una falsificación, un simulacro, una imitación falsa e imperfecta.

En resumen, la infestación alienígena es la situación límite donde la humanidad enfrenta su alienación de sí misma. Dicha situación representa el triunfo de la tiranía.

El retorno de lo humano

Hemos podido constatar que el posmodernismo ve en la posesión extraterrestre el fracaso del humanismo. Esto se debe a que se centra en la descripción del sujeto infestado de los parásitos extraterrestres. Si ponemos nuestra atención en los que se resisten a la posesión, es posible otra interpretación.

Kafka nos había advertido de la extrema deshumanización en La metamorfosis. El protagonista de ese relato narra el proceso que lo convierte en insecto. La bestialización es una metáfora de la enajenación. Lo que también evoca la asociación que existe en la imaginación popular entre los extraterrestres y los insectos.

La dinámica narrativa de la posesión extraterrestre recuerda más a El rinoceronte de Ionesco. Tanto en la posesión extraterrestre como en el teatro del absurdo de Ionesco nos enfrentamos a la situación de personas que están siendo víctimas de la enajenación: pierden lo que los hace propiamente humanos. La diferencia consiste en que en la posesión extraterrestre las personas mantienen la apariencia humana, mientras que en la pieza teatral revisten una apariencia bestial que permite identificarlos fácilmente.

Todo esto nos lleva a pensar que si este tipo de narración nos pone frente al abismo de lo inhumano, es con la intención de alertarnos de sus peligros. Siempre se puede recuperar el sentido de lo humano. La esencia humana, nos recuerda Camus, surge cuando se la niega.

La posesión extraterrestre termina siendo la metáfora de la extrema alienación. Son las personas hipnotizadas por los cantos de sirena de las ideologías tiránicas. Lo humano se revela cuando se toma la decisión de rechazar las utopías que exigen entregar la libertad.


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